Recuerdo cuando de pequeña no importaban los raspones, ni las heridas. Lo único que contaba era ver salir el sol a la mañana siguiente y saber que sería otro día. No importaba si era bueno o malo, sabíamos que el ayer no importaba y que el mañana aún se encontraba lejos. La oscuridad nos atemorizaba y, ante ningún motivo, debíamos parar de reír, porque eso era motivo de llanto.
Las palabras elegantes eran innecesarios entre hermanos. Teníamos amigos repartidos por el mundo y la computadora no existía. A donde sea que íbamos saludábamos a todos...
Mientras teníamos esa joven y tierna apariencia no nos importaba pensar en el resto de nuestras vidas. No nos importaba buscar al amor de nuestras vidas y ni siquiera queríamos saber qué era lo que estudiaríamos luego de la secundaria. Sólo queríamos saber de qué color vestiríamos a nuestras muñecas esa misma tarde, eso era un gran dilema. Porque si era verano, debíamos vestirlas con colores alegres y faldas cortas; pero si era invierno, las abrigábamos como si de verdad pasaran frío. Nos imaginábamos escenarios en los que ellas se enamoraban del muñeco más hermoso y tenían la mejor vida de todas. Yo no buscaba eso en mi vida, solo quería que la vida de mi hermosa muñeca fuese la mejor...
Pero el drama del ahora no me deja ser lo que era: una niña inocente. Por desgracia, varios se encargaron de quitarme los últimos rastros de dulzura y en mis mejillas no quedan restos de color. Sólo piel blanca y descolorida que espera ser resucitada. Admito que no puedo ser una niña para siempre, por más que quiera. No basta con usar colores pasteles para todo y vestirse de una manera ingenua. No, no es suficiente. Entiendo que estoy en otra etapa, ahora soy una adolescente marcada por los años. Con raspones y cicatrices de otra longitud e importancia. Ya no son los raspones que uno se hacía en el pasto luego de una tarde llena de juegos. Son heridas que hacen que uno crezca de golpe, son lastimaduras que nos recuerdan quienes somos cuando nos salimos del camino y que están ahí, punzantes.
Ya no podemos fingir ser hadas de un lago en el Nunca Jamás. Porque todo se vuelve crudo con la realidad y la imaginación se vuelve locura. Una forma de escapar de lo que verdad está pasando. Y se supone que la cordura es aceptar lo que pasa.
Para qué divagar en estupideces, si lo que intento decir es que extraño mi niñez. Extraño jugar a toda hora, extraño no tener que preocuparme por chicos, extraño poder estar acostada en el pasto buscándole formas ridículas a las nubes, extraño no tener que ser herida por gente vacía, extraño llorar de alegría...
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